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Escrito por MalagaDiario
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sábado, 07 de abril de 2007 |
No sé si fue revolucionario; incómodo, creo que sí, e inadaptable al mundo en que vivió: “mi reino no es de este mundo”. Nació en Belén, pero creció y predicó en Galilea, región de gentiles; por eso le llamaban, despectivamente, “el Galileo”. Fue súbdito de un gobierno teocrático, o sea, religioso, al tiempo que esclavo de un imperio, el romano. Jehová era el dios innombrable y distante. Un día lo acercó demasiado, desmontó su misterio y lo llamó, cariñosamente, Padre. Los que vivían en la pureza de la química, los no contaminados, jamás se lo perdonaron.
Gustaba de rezar en sinagogas y lugares sagrados, pero en los dichos y hechos que sobre él se han escrito son narrados momentos de oración en montañas, desiertos, mares y entre olivos. Era cumplidor de la ley: “he venido para que la ley se cumpla”; sin embargo, tenía un credo particular. Un día subió a una montaña, repartió pan y peces entre sus seguidores y proclamó lo que creía. Y él creía en los pobres, en los que sufren, en los no violentos, en los que tenían hambre y sed de justicia, y en los que trabajan por la paz.
Empezó a molestar a las autoridades religiosas, políticas y militares. Unas monedas derribaron un ideal. Fue hecho prisionero. Pasó legalmente por algo así como el Tribunal de Orden Público. Fue declarado blasfemo por creerse hijo de Dios. Y por blasfemo, condenado a muerte. La sentencia se cumplió en Jerusalén, la ciudad santa. El pueblo azuzó al verdugo y clamaba: ¡crucifícale! Cuarenta y ocho horas antes ese mismo pueblo había gritado: ¡hosanna!
Fue enterrado, pero comenzó a circular una extraña noticia: su sepulcro estaba vacío. Más tarde dijeron que había resucitado y que en verdad era el hijo de Dios. Desde entonces se anda buscando incansablemente por amigos y enemigos, pero nadie da con él. Se sospecha que puede seguir entre los suyos, o sea, los pobres de verdad. Se asegura que no está con el poder. No sé.
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