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Escrito por MalagaDiario
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viernes, 30 de marzo de 2007 |
Lo que son las cosas, uno tiene tiempo para todo y ello a pesar de la sabrosa edad que sustento. Así las cosas, participo en campeonatos de billar a tres bandas, en el precioso y preciado juego de ahorcar el seis doble, en escribir algunas columnas, muevo fichas en eso del ajedrez, asisto a algunos actos culturales, tomo café a 60 céntimos en el Hogar de la Trinidad o a 2,20 euros en Lepanto, acudo a los médicos a por mis análisis y fármacos, bebo vino en la noche de los jueves con un grupo de profesores jubilados y los lunes, hasta bien entrada la madrugada, exquisitos pamperos con los adictos a la conversación y a la noche, coordino unos folios que dan nombre al suplemento “Papel Literario”, vivo y convivo con mi costilla, y hasta juegos alguna que otra partida de póquer en plan amigo.
Estando tan ocupado en mis cosillas tengo tiempo y todo para ver algunas secuencias del juicio del 11-M, y no quiero ver más porque me envicio al momento y tendrían que sacarme en camilla del portentoso sillón que me sostiene. Y es que me pirra y lo paso de miedo viendo y escuchando todo cuanto acontece alrededor del juez Bermúdez.
Roberto es un señor, me imagino que un funcionario de juzgado, en el que el juez Bermúdez tiene depositada su total confianza. Cuando alguno de los innumerables abogados de la acusación o de la defensa solicitan la lectura de uno de los miles de folios que se apilan a espaldas del tribunal, el juez Bermúdez, sin inmutarse y con voz conciliadora, exclama: “Roberto, por favor”, y Roberto se acerca solícito a su jefe, escucha la consigna y muestra un día y otro su eficacia.
Roberto aparece y desaparece entre los tomos del caso. Nunca se equivoca. Es, junto con el juez Bermúdez, el alma máter del juicio. Los abogados son aburridos, la fiscal muy fea, los enclaustrados en el habitáculo de seguridad uno granujas de mucho cuidado, aunque todo apunta por ahora a que pueden ser un banda de terroristas islamistas.
Algunos, especialmente los confidentes, llevaban una vida a todo gas. Trapicheaban con drogas, vendían explosivos, salían y follaban con chicas, celebraban orgías, gozaban de buen billetaje y de soberbios coches, controlaban las discotecas de Madrid y se codeaban con la flor y nata de la Policía Nacional y de la Guardia Civil.
Nos salva Roberto.
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