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Escrito por José García Pérez - Columnista de MalagaDiario.com
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viernes, 02 de febrero de 2007 |
Yo creo que el lendakari Ibarretxe, a pesar de lo que dice el ejército de enchufados que vive a su costa, mejor dicho a nuestra costa, sí es un ciudadano cualquiera. Y dicha afirmación no es algo pérfido que se le quiera imputar al máximo representante del País Vasco, sino que lo iguala con el común denominador de los mortales de este país en el que vivimos, España por ahora.
Dicho señor no es un superman. Come, duerme y defeca como cualquier hijo de vecino, y está sometido a las más elementales normas para poder ir tirando en ese deseo suyo de procurar que los vascos y las vascas sean unas personas felices.
Por encima de la Ley no se encuentra nadie. Eso con toda seguridad. Ni siquiera el Rey o nuestro presidente de gobierno Rodríguez Zapatero. La Ley nos iguala y nos mide por el mismo rasero. El señor Ibarretxe en este rifirrafe que se trae con el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco ha cometido varias locuras propias de un sistema fascista.
La primera de ellas ha sido la convocatoria, desde su omnímodo poder, de una manifestación en su propio beneficio y en defensa de las Instituciones Vascas, como si el mencionado Tribunal de Justicia lo fuese de la Axarquía. La segunda metedura de pata a lo Corleone fue su majestuoso paseo a pie hacia el Tribunal de Justicia con el paraguas y su mujer con parada obligatoria y saludo a todos y cada uno de los miembros de su tripartito y repartiendo bendiciones a los cargos públicos y abrazos a las señoras peneuvistas que, con sus bolsos en ristre y su carga de carmín, aplaudían orgásmicamente al muy amado hijo del racista Sabino Arana.
Así no querido señor Ibarretxe, así no se hacen las cosas, así, acudiendo como víctima propiciatoria y en olor de multitudes, ese pueblo, el suyo y el mío, por ahora, puede confundir la normalidad con la algarada.
Esto de la democracia no es algo del otro mundo. Vivir en democracia no es otra cosa que hacerlo en y con normalidad, Como lo hago yo y como lo hace Miguel, ese majestuoso jubilado de 84 años que me brea todas las mañanas jugando al dominó y que no me pide perdón siempre que, como nadie, me ahorca el seis doble.
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