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Escrito por José García Pérez - Columnista de MalagaDiario.com
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viernes, 26 de enero de 2007 |
El arcángel Zapatero ha sido entrevistado por el divino Garzón y durante el rato que han echado, nuestro sonriente presidente ha dicho que estamos ante la fase final de ETA. En ese momento, y especialmente por mis nietas Carmen y Elena, dejé de leer las profecías del arcángel y, reclinándome con humildad ante el Misterio, musité: “Oh Señor, que todo siga igual”.
En el caso del etarra De Juana Chaos, autor de la muerte de veinticinco ciudadanos españoles y carota que le daba por pedir langostinos y champagne cuando se enteraba de las tropelías de los miembros de su banda, todos, a excepción del arcángel Zapatero y del bienaventurado Manuel Chaves, estábamos al borde de la locura. El primero de ellos, Zapatero, porque dijo de Chaos que era un hombre que estaba a favor del proceso de paz, y el inefable Chaves porque ha susurrado en los oídos de las víctimas del terrorismo que lo mejor era dejarlo en libertad para no hacer de él un mártir. Ambos personajes, Secretario General del PSOE y Presidente del Gobierno de España, el arcángel, y Presidente bis del PSOE y de la Junta de Andalucía, el bienaventurado, se han lucido y de qué manera.
Esto De Juana de Chaos ha violentado el equilibrio de muchas personas de bien. Ya fue un mumerito que condenado a 3000 años de cárcel, tan sólo con 18 de estancia en prisiones tuviera la posibilidad de salir. Aquello era un escarnio para muchos, pero el ordenamiento jurídico estaba de su parte. Así son las cosas.
Para evitar lo que podía suponer un escándalo que crecía como una hidra entre los parámetros de lo justo y lo legal se buscó y rebuscó la posibilidad de mantenerlo en prisión. Dos cartas amenazantes de su puño, letra y firma fueron material suficiente para que recayera sobre De Juana Chaos una nueva condena de 12 años de prisión.
Hombre duro, asesino inflexible, inteligente y frío, pensó en echarle un nuevo pulso al Estado de Derecho mediante una huelga con final letal. Por no comer como Dios manda el hombre parece que ha perdido unos pocos de kilos y que su vida peligra.
Unos jueces, a impulsos del fiscal, enternecidos ellos, pensaron en que lo mejor era enviarlo a su casa y que allí tomara buenos calditos y churrascos bajo vigilancia policial. Otros jueces, alertados por la peste que echaba el caso, se han reunido en Pleno y todos juntos por 12 a 4 han llegado a la conclusión de que el hombre que asesinó a veinticinco ciudadanos, que se reía de las lágrimas de las víctimas y que rociaba metafóricamente con champagne su bilis, siga en el Hospital, cuidado por el Estado y asistido médicamente.
Hecho un mártir, eso sí, pero en la cárcel bajo el amparo del Estado de Derecho.
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